AHORA SOY FELIZ
(Título original : La Torre) Monólogo Autor: Alejandro Ferrero Mexicano Solicitar autorización al autor a http://www.sogem.org.mx/ Texto adaptado por: Gustavo Araneda S. 2004 Personajes: Alma (30 años) tiene un vestido verde un poco ajado y un suéter negro, algo desaliñada y desaseada pero no en extremo, sus zapatos están polvosos; lleva una maleta. Viejo (alrededor de 60) vestido con un ambo antiguo, planchado, camisa blanca y corbata, da la apariencia de un campesino mayor que va al pueblo Lugar: Estación de los Ferrocarriles de Sotaquí, año 196… Escenografía: Una banca de madera Un reloj de pared que el espectador mira de frente. Un letrero que indica la Estación Una ventana al costado que muestre un campanario. Posición inicial: Alma está sentada en el extremo izquierdo de la banca, mira a ambos lados, como esperando a alguien de manera tranquila, (Se baja la luz y se incorpora sonido de reloj para dar la sensación que ha pasado un tiempo) Después de unos minutos aparece el viejo, mira hacia alrededor de manera muy tranquila y luego se sienta en el extremo de la banca donde esta sentada Alma. Alma lo examina, luego, cogiendo su maleta se sienta junto a él, él hace el intento de incorporarse pero se detiene cuando Alma habla. Por favor, no se pare. (El Hombre la mira.) No voy a pedirle nada. Solamente quédese donde está. Estoy esperando el tren para Paipote. Estoy aquí desde las ocho de la mañana y desde esa hora no he hablado con nadie. Viene poca gente… No he hablado con nadie y me cuesta comenzar cualquier conversación. No le molesta que le hable, ¿verdad? (El Hombre la mira.) No vaya a pensar que estoy loca, ¿no? No lo estoy. Vinieron a dejarme temprano porque después no podían hacerlo y llevo aquí no se cuanto tiempo ya que el reloj esta malo y no han avisado nada y nadie ha venido salvo Ud. (El Hombre echa una ojeada rápida al reloj.) ¿Usted hacia dónde va? (Silencio.) Perdóneme, es solo para seguir la conversación, ya le dije que llevo mucho tiempo sin hablar. Siento la boca seca y… (El Hombre la mira.) Yo voy al norte, para juntarme con mi esposo y mis hijas. (Parece recordar súbitamente algo y abre su bolso de donde saca una fotografía que le muestra al Hombre, éste se resiste un poco pero finalmente la coge y la mira.) Se llama Alberto. Es mi marido y es ingeniero en minas. (El Hombre le devuelve la fotografía, Alma la mira.) Es atractivo, ¿verdad? (La guarda y saca otra, la tiende al Hombre, éste la coge y la mira.) Ellas son mis hijas, la más grande se llama Antonia, y la más chica Rocío. Hicieron la primera comunión el año pasado…. (Ríe.) No sé por qué le digo, usted debe haberlo notado por vestidos blancos, con carita de dulzura, de niñitas santitas, como si realmente supieran lo que están haciendo. (El Hombre le entrega la foto, Alma la coge y la mira embelesada.) Son más lindas que la madre, ¿verdad? (El Hombre la mira. Alma guarda la fotografía en su bolso.) Mi marido, o sea el papá, se las llevó para el norte. Me las quitó... pero las cosas ya se arreglaron y ahora voy a reunirme con ellos. No le molesta que le hable, ¿verdad? Porque sino ud me dice y yo… pero yo sé que es usted un caballero y no me dejará hablando sola. Mi esposo es un ingeniero importante, sabe inglés y ha trabajado en varios minerales importantes. (Pausa.) Le voy a confiar un secreto. El viaja mucho por razones de su trabajo, no crea que lo hace por gusto, ¡no!, y tiene que vivir en hoteles o pensiones, y conoce mucha gente, de todo, gente importante y gente que no lo es... (Ríe.) Gente que no lo es, suena cómico; me refiero a gente que no es importante. Así conoció a Ruth, una putita de las minas, y se enredó con ella. Pero no crea que la quería. Lo que pasó es que Alberto llevaba como ocho meses fuera de casa y me echaba de menos, ¿me entiende? Usted tiene que entender, usted también fue hombre. Ella, por lo que me contó Alberto, se le ofreció como una santa, toda desnuda y en bandeja, y él no tuvo corazón para rechazar esa imagen bíblica. Y así comenzó a vivir con ella, obligado por las circunstancias. Luego quedó embarazada y cuando nació su hijo, menor que mis niñas, ella lo dejó con su madre, al niño, y siguió a Alberto de campamento en campamento con la única intención de quitarme mi marido. (El Hombre mira el reloj.) ¿Le aburre mi conversación? Ya le dije que el reloj no sirve. (Silencio.) ¿Cree en las premoniciones? ¿Cree? Yo no sé, pero tengo motivos para creer pero también los tengo para no creer. Yo tenía diez años cuando sucedió un hecho muy especial: mi mamá tuvo relaciones con un hombre al mismo tiempo que con mi padre. Por las tardes salíamos de la casa, mi madre, mi hermanito Eliseo y yo, caminábamos hasta las orilla del rió, allí nos esperaba él, no recuerdo su nombre, y nos metíamos por la orilla, caminábamos entre los árboles, y nos sentábamos los cuatro en el pasto, entonces él sacaba de sus bolsillos unos dulces que llevaba para nosotros y mientras los comíamos, ellos, mi mamá y él, nos dejaban ahí, muy bien recomendados: no se muevan de aquí, cuida a tu hermanito, coman despacio, y ellos desaparecían por mucho tiempo, tal vez veinte o treinta minutos pero para mí entonces era mucho tiempo; las primeras veces creí que mi mamá nos había abandonado, pero después me acostumbré. Cuando volvíamos mi madre nos decía: si quieren seguir comiendo dulces no tienen que decir que nos juntamos con... ¿cómo se llamaba? No recuerdo, pero no debíamos decirle a mi padre. Una tarde, cuando volvíamos a casa, solos, mi madre, Eliseo y yo, él nos había dejado ya, y caminábamos por la línea del tren, saltando de durmiente en durmiente, oímos a lo lejos el pito del tren que se acercaba, mi mamá nos tomó de la mano para hacernos hacia la orilla, porque además al llegar al puente hay una curva, pero se atascó su zapato entre dos rieles, trató de zafarse, y se puso nerviosa porque el tren se acercaba y viendo que no podía salir, me dijo: anda, llévate a Eliseo, aléjate de la línea; yo no quería dejarla pero me gritó para que lo hiciera y me alejé arrastrando a Eliseo porque él tampoco quería abandonarla. Nos paramos a cerca de allí, esperando que ella pudiese zafarse, pero no pudo hacerlo y el tren la atropelló. (breve pausa) Yo abrace a mi hermanito para que no viera nada, para que yo no sintiera nada. Quería gritar y llorar pero de ahí yo era responsable por Eliseo y mi grito y mi llanto se fueron hacia adentro. Nos quedamos allí, helados, hasta que alguien nos llevó a no sé donde. Tomada de la mano de mi hermano, pensaba en mi madre, en nosotros, en las preguntas de mi padre y en los dulces que ya no comería... Ese dolor lo he tenido dentro de mi, aquí en mi cuerpo, y siempre aparece, aparece, todo el tiempo, como buscando una salida, pero no la encuentra... (Silencio). (El Hombre la mira incómodo, estruja su abrigo, como si fuese a incorporarse de inmediato, pero no se decide. Alma abre su bolso y saca algo que mantiene oculto.) ¿Cree en Dios? (Silencio.) Yo... no sé. La fe es como una margarita. (Abre la mano y le muestra al Hombre.) ¿Ve la flor? (El Hombre mira hacia otro lado.) ¿La ve? (Alma hace como si sostuviera una flor por el tallo.) Usted no tiene fe, si la tuviera vería la margarita que tengo en la mano. Yo la veo y no sé si tenga fe. Si no la ve no importa, porque yo le diré lo que voy a hacer. Voy a arrancarle los pétalos y sabré si por el momento tengo fe o no la tengo. (Hace como si deshojara una flor. A cada pétalo corresponde una frase.) Tengo fe, quién sabe, no la tengo, tengo fe, quién sabe, no la tengo, tengo fe, quién sabe, no la tengo, tengo fe..., quién sabe. Quién sabe. Hay tantas cosas que no sabemos. La muerte de mi madre fue una premonición al revés, o una indirecta, o como dijeron los médicos más adelante, algo sarcástico. ¿O no fue eso lo que dijeron? Dijeron tantas tonterías, ¿cómo acordarse de cada cosa? ¿Qué entiende por sarcástico? ¿Le dice algo la palabrita? (El Hombre mira nuevamente el reloj.) ¿Usted espera a alguien? ¿Quiere decírmelo? (silencio) Le prometo guardar el secreto… ¿No? (silencio) ¿Quiere que deshoje una flor por usted? (silencio) Sabe, por lo callado se parece a mi marido. Cuando estaba enojado no me hablaba, aunque fuera importante lo que le dijera, y si le insistía el seguía callado, a veces todo el día. Claro que cuando estaba de buen humor era el hombre más cariñoso del mundo. Nos pasábamos días enteros sin salir de la casa, haciendo cualquier cosa, la comida, leíamos algún libro, o simplemente mirábamos por la ventana, a la gente que pasaba o los niños que jugaban. Cuando empezaba a oscurecer nos íbamos a la cama, conversábamos, nos amábamos, nos acariciábamos, tratando de prolongar el día hasta la mañana siguiente. No había horario para nada, comíamos cuando teníamos hambre, dormíamos cuando nos vencía el sueño... Lo hicimos hasta que nació Antonia, y luego Rocío, me preocupaba que ellas tuvieran sus alimentos a sus horas pero nosotros seguimos haciendo lo mismo hasta que él comenzó a viajar más seguido, el alejamiento nos hizo cambiar nuestros hábitos. Quizá no se notó tanto al principio pero sí cuando Ruth apareció en nuestras vidas. Ella mandó a la punta del cerro nuestro matrimonio. La putita minera. (Abre su bolso y busca, el Hombre mira sus movimientos, Alma se da cuenta del interés de aquél y cierra su bolso, ríe.) ¿Creyó que le mostraría el retrato de Ruth? ¿verdad? ¿Pero cómo se le podría imaginar que yo tendría una foto de esa puta? No, señor, nada de eso, además las flores no dejan espacio para muchas cosas. ¿De verdad creyó que tendría una foto de Ruth? Pero se la puedo describir. Es más joven que yo, más bonita que yo, más ardiente que yo; alegre que yo, más inteligente, pero huele mal, huele a todos los hombres que la han pagado. (Abre su bolso y saca un espejito y se mira. El Hombre no sabe qué hacer, y cuando está a punto de incorporarse lo detiene la voz de Alma.) Maté a mis hijas. (El Hombre la mira. Alma baja el espejo.) Pasó después la separación definitiva. El se puso a vivir con ella en una casita en el norte y se olvidó de mí. Mandaba todo los meses dinero para sus hijas, pero ni una sola palabra. No sabía si estaba bien o si tenía trabajo o si comía a sus horas, nada. Sólo el giro que nos mandaba. Yo sabía que estaba con ella y pudiendo haber puesto a sus hijas contra él no lo hice. Pensaba en la reconciliación. (Pausa.) Pasaron los meses, luego... (Levanta el espejo y se mira en él.) empezó a visitarme mientras dormía. Abría con su llave y entraba en mi pieza, me miraba dormir, se desnudaba y se metía en la cama... (Baja el espejo.) Yo no decía nada, lo dejaba tocarme y yo también lo tocaba y así seguíamos hasta que me penetraba. Por la mañana, antes de que saliera el sol, él se vestía y se iba. Yo lo odiaba por visitarme durante el sueño pero al mismo tiempo no lo odiaba, no sé si lo quería más pero sí sé que lo deseaba más. Antes de dormirme me acordaba de él, o más bien tenía que esforzar para acordarme de sus rasgos físicos. Lo estaba olvidando y no quería que eso pasara. No le miento. Me acordaba más del calor de su cuerpo que del color de su piel, más de su olor que de la forma de su boca, más de las caricias que de sus manos. Apenas llevaba seis meses fuera de casa y desapareció por completo de mi vida y yo olvidé mucho de su persona. Cuando soñaba su presencia tenía más fuerza. Así continuamos amándonos. Todas las noches venía a mi cama y me tomaba. Me tocaba toda y cedía la poca resistencia que tuviera, me olvidaba de su infidelidad y me entregaba, cada vez más. Sabía que durante el día estaba con su putita minera, pero en las noches, entraba a mi dormitorio y se desnudaba mientras yo me hacía la dormida dentro de mi sueño y me ponía las manos firmes en mi vagina para que él no pudiese penetrarme. Pero él me tocaba y todo cambiaba... Una noche vino Alberto a visitarme durante el sueño, como lo hacía siempre, ya se lo dije, y me hizo suya dos, tres veces, no sé, luego se recostó a mi lado, desnudo y cansado, y se durmió. Me levanté para ver si mis hijas dormían. Ellas no habían escuchado nada. Y, qué pueden escuchar, me dije a mí misma, si estoy soñando y no pueden escuchar nada. Abrí la puerta y las vi con la luz de la Luna..., (Levanta el espejo como si éste fuese la Luna y mira como si viese a sus hijas en este momento.) dormían tranquilamente, ajenas a mis pensamientos... (Baja el espejo.) Me sentí inmensamente feliz. Dije, para mis adentros, Alma, ésta es la felicidad, ahora que estás con tus hijas y tu marido... ¡Ahora! La palabra quedó resonando en mi cabeza. ¿Por qué ahora? Y comprendí de pronto la debilidad, la rapidez de las cosas, de los sentimientos, de la vida. ¡Ahora! ¿Se da cuenta de lo monstruosa que es la palabra? Ahora quiere decir que nada es para siempre. Vi desaparecer ante mis ojos toda la felicidad que envolvía mi hogar. De pronto la luz de la Luna ya no era la luz sino el vacío. Todo devorado por el tiempo. Tenía en mis manos otra margarita, la del tiempo: ahora soy feliz, ahora ya no lo soy, ahora soy feliz, ahora ya no lo soy. La fuerza del ahora se apoderó de mí. No quería que la felicidad se esfumara. Entonces... entonces... ¡Dios mío!, me volví y entré a mi dormitorio: Alberto dormía en mi cama. Me paré en el marco de la puerta, vi reunida por última vez a mi familia; allí estaban, separados por una pared, mis hijas y mi esposo, y sabiendo que soñaba quise reunirlos de nuevo, y sin pensarlo dos veces me aproximé a las niñas y las vi fugazmente, luego las ahogué con sus almohadas, en seguida fui a la otra pieza e hice lo mismo con mi marido. El, curiosamente, ofreció menos resistencia que mis hijas pero no le di importancia y me acosté nuevamente repitiendo otra vez juntos, otra vez juntos, y me dormí. (Hunde la cara entre sus manos.) Al despertarme... ¡No quiero despertar! ¡Por favor, no quiero despertar! (Se descubre la cara.) Si despierto voy a darme cuenta de que todo ha cambiado y la felicidad ya no está. El ahora es chiste. (sonríe y luego enmudece. El Hombre la mira inquisitivo.) Al despertar descubrí que mis hijas estaban muertas, las ahogué durante el sueño con mis propias manos, y él, mi marido, no estaba en la cama. ¡Yo las maté y el maldito no pudo impedirlo porque estaba en los brazos de esa puta! (Pausa.) (cambio total) Dicen que no las maté, sino que su padre se las llevó mientras yo dormía y que las tiene allá en Paipote. Dicen también que me las quitó durante la noche y para evitar que yo las recuperara y las envió a la Luna. Yo no sé que creer. es posible que mis hijas estén allá, no sé. No sé nada. Cuando hay Luna llena yo la miro y trato de ver a mis hijas… a veces me parece verlas, pero como tienen puesto su traje de primera comunión se confunden con la misma superficie de la Luna, yo creo también que dada la distancia que hay de la Tierra a la Luna ningún ojo humano podrá verlas. Ni con todo mi amor de madre, podría verlas. (Maquinalmente abre su bolso y saca de él una margarita invisible y la deshoja.) Están en Paipote, están en la Luna, están muertos, están en Paipote, están en la Luna, están muertos, están en... (De pronto, horrorizada, mira hacia el piso.) ¡No! (Se aferra del brazo del Hombre.) ¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen! (El Hombre, desconcertado, trata de zafarse de Alma, que evidentemente le hace daño.) ¡Mírelos como salen del piso! (Alma sigue con la mirada los movimientos de algo que brota del piso de la salita de espera y que crece hacia lo alto.) ¿Los ve? ¿Los ve? ¡Es Alberto y su putita! ¡Mírelos ahora arriba en el techo! (El Hombre logra zafarse y escapar, huyendo por la misma dirección por la que entró. Alma sube los pies a la banca y abraza sus piernas.) ¡Mírelos, vienen a asegurarse de que estoy aquí en la estación! ¡Mírelos! ¡Desde lo alto de la torre me vigilan, tomados de la mano y riéndose de mí! ¡Malditos, desgraciados! (Se pone de pie sobre la banca y se dirige a ellos.) ¡Dónde están mis hijas! ¡Donde! ¡(suplicante) Alberto, por el amor que me tuviste, por el amor que le tienes a… esa mujer… dime en dónde están mis hijas! ¡Dímelo! (Después de un momento y sin darse cuenta que el Hombre ya no está a su lado, se baja de la banca y le habla.) ¿Los vio? (Se vuelve hacia donde supone está el Hombre y descubre que está sola. Mira a su alrededor, coge su maleta y vuelve a sentarse en el sitio que ocupaba al principio, permanece quieta y en silencio, finalmente abre su bolso y saca una margarita invisible y la deshoja.) Ahora soy feliz, ahora ya no lo soy, quién sabe, ahora soy feliz, ahora ya no lo soy, quién sabe, ahora soy feliz... ahora soy feliz. ¡Ahora soy feliz! Fin. Curriculo Profesional (fuente Sogen) Director del Grupo de teatro La Cuchara de la Universidad Autónoma de Puebla, de 1981 a la fecha. Como actor La dama boba de E. Garro. Dir. Hugo Argüelles. 1964. Topografía de un desnudo de J. Díaz. Dir. Olga Ibáñez. 1971. Los siameses de G. Gambaro. Dir. Olga Ibáñez. 1972. El profesor Taranne de A. Adamov. Dir. Victoria Alvarez. 1974. Las preciosas ridículas de Moliere. Dir. Victoria Alvarez. 1975. Te juro Juana que tengo ganas de E. Carballido. Dir. Victoria Alvarez. 1976. El aniversario de A. Chejov. Dir. Victoria Alvarez. 1977. Woyzeck de G. Büchner. Dir. Alejandro Ferrero. 1984. Yvonne, princesa de Borgoña de W. Gombrowicz. Dir. Jorge Luis Vargas. 1988-90. El fichero de T. Rozewicz. Dir. Jorge Luis Vargas. 1992. Como director Un hogar sólido de E. Garro. La Cuchara. 1982. El honor de L. Andreiev. La Cuchara. 1983. Woyzeck de G. Büchner. La Cuchara. 1984. El rey se muere de E. Ionesco. La Cuchara. 1985. Océano interno de A. Ferrero. La Cuchara. 1987. El último viaje de Sindbad de A. Ferrero. La Cuchara. 1993-94. El país de prueba de A. Ferrero. La Cuchara. 1995. Leviatán de A. Ferrero. La Cuchara. 1999. Obra suya montada Los infames ancianos a) Dir. Soledad Ruiz. D.F. 1970. b) Dir. Soledad Ruiz. D.F. 1971. c) Dir. Nicolás Estrella. Puebla. 1973. d) Dir. Nicolás Estrella. Puebla. 1975. e) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1993. f) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1998. La pequeña propiedad a) Dir. Mario Chagoya. D.F. 1982. b) Dir. Alejandro Ferrero. Puebla. 1987. c) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1996. d) Dir. Omar González. Tecamachalco, Pue. 1997. Océano interno a) Dir. Alejandro Ferrero. Puebla. 1986. b) Dir. Juan Carlos Guzmán. Teziutlán, Pue. 1999. El último viaje de Sindbad a) Dir. Alejandro Ferrero. Puebla. 1993-94. El país de prueba a) Dir. Alejandro Ferrero. Puebla. 1995. El mago a) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1997-98. La torre a) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1997-98. La linterna a) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1997-00. El espejo a) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 1997-98. Leviatán a) Dir. Alejandro Ferrero. Puebla. 1999. Samarcanda a) Dir. Jorge Luis Vargas. Puebla. 2000-01. Publicaciones Los infames ancianos La pequeña propiedad “Dramaturgos de Puebla en un acto”. Recopilación de Ricardo Pérez Quitt. Gobierno del Estado. Puebla. 1991. El último viaje de Sindbad Océano interno Empleo y desempleo del profesor Tamiris “Teatro” de Alejandro Ferrero. Secretaría de Cultura. Puebla. 1994. Los infames ancianos “Antología de la literatura poblana”. Recopilación de Pedro Angel Palou García. Secretaría de Cultura. 1995. El mago Revista “Crítica”. Universidad Autónoma de Puebla. Noviembre-Diciembre. 1997. Samarcanda “Obras ganadoras del 1er. Concurso nacional de obras de teatro, 2000” Tablado iberoamericano. 2001. La torre Suplemento cultural del diario “Intolerancia”. 20.10.01. |

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